Otro martes de lecturas poéticas. Ahora cambiamos de poeta, pero no de estilo poético. La poesía de Gil de Biedma, tan íntima y tan obsesiva, es en muchos aspectos el punto de arranque de la poesía de García Montero.
Ahora
me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.
(de Idilio en el café)
Siempre la presencia del tiempo que pasa y que nos va envejeciendo inexorablemente. Y siempre la presencia del cuerpo, el cuerpo mostrándose, haciéndose patente: Pesan las pestañas. No es fácil leer a Gil de Biedma. Hay palabras que nos resultan ajenas, mensajes cifrados para otro, no para nosotros.
Nada
hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,
si
no es esta ligera sensación
de irrealidad.
de irrealidad.
(De Vals de aniversario)
Aún así, escuchar sus versos es como oír la voz de un hombre que nos susurra al oído la descripción de sus sentimientos, que muchas veces se confunden con sus sensaciones. Y las de muchos de nosotros.
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